• Manuel y Yo

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    Nicaragua

    Manuel era menudo, moreno, tenia una… “pelusilla” por bigote, espigado, vivaz y alegre, fachento, según su madre ( presumido ), era un nica puro, sin aditamentos.

    Manuel era muy trabajador solía conducir un camión de la familia, a pesar de no tener carnet, ayudaba a su padre en la venta por toda Nicaragua, a menudo viajaba solo, trataba con los comerciantes, negociaba duro, su padre decia… “Manuel es el mejor”.

    Manuel tubo un accidente terrible en una ocasión, manejando el camión, mató en un accidente, a un pequeño niño que jugaba en la calle, cuando le ví, le encontré abatido, hundido, su padre logró arreglar el asunto con la familia del niño.

    Manuel trataba de manejar dinero, para el Marlboro, la ropa, las chicas… a menudo, demasiado a menudo, no le alcanzaba… esto le llevó a cometer algunos errores.

    Manuel y yo solíamos beber cerveza entre pandilleros, cerca de su casa en el reparto Yuri Ordoñez, Tipitapa, muy cerca de Managua, charlabamos de muchas cosas, todas ellas insustanciales como la vida misma.

    Manuel era mi amigo, era hijo de mis amigos, era hermano de mis amigos, me acompaño en muchas ocasiones durante mis viajes por Nicaragua, me hacía de guía. Recuerdo cuando fuimos a la isla del Maíz (Corn Island ), en pleno Caribe nicaragüense, Manuel estuvo vomitando durante el trayecto de mas de 6 horas en barco desde Bluefileds hasta la isla, mientras, yo le hacia fotos, su padre me dijo antes de partir… – No dejes que Manuel beba Cerveza, ni fume -, en realidad, Manuel cuidaba más de mi que yo de el, siempre solía llevar mi bolsa con el pesado equipo.

    Manuel, nada mas llegar, a la isla del Maíz, escribió mi nombre en la arena de la playa.

    Manuel era un extraordinario bailarín de Merengue, cuando saliamos en las noches de Managua, yo le miraba desde mi mesa en la distancia, entre trago y trago de Flor de Caña y le envidiaba.

    Manuel siempre me preguntaba, de corazón, cada vez que regresaba a España, ¿cuando vuelve para Nicaragua?, me quería, lo sé, yo también le quería a el.

    Manuel Lloraba aquel agosto de 2003, tuvimos un incidente en la casa, yo le acusé de un feo asunto, como lo siento ahora amigo, cuando preparaba mis cosas para el regreso entró en mi cuarto y me regaló una de sus camisas nuevas, me acompaño al aeropuerto, nos despedimos… ya no volví a verle con vida.

    A principios de 2005 escuché un mensaje en mi móbil, – Paco llame a Nicaragua, Manuel murió ayer en Tipitapa -, era la voz de su hermano Juan ,”Juancito”, Manuel sufrió un accidente cuando iva de paquete en una moto, cayó al suelo y se golpeó la cabeza contra un arbol, murio al instante, tenía tan solo 20 años.

    En Septiembre de 2007 Visite su tumba en Tipitapa, sencilla, solo la tierra cubre sus restos, descansa junto a su abuela, compartí unos días con sus padres, en la casa sólo habia luz eléctrica durante la mitad del día pero la luz de Manuel había desaparecido para siempre, ya no se le oía reclamar a su madre camisas limpias y planchadas, ya nadie me pedia tabaco a escondidas, ya no se oía merengue en la casa, se me hizo muy extraño.

    Descansa en paz amigo Manuel, todos tus pecados, estoy seguro, han sido perdonados, tus errores olvidados, espero que antes de marcharte tu hayas perdonado los mios.

    Estas palabras son una plegaria, deseo que encuentres paz y felicidad en tu nueva casa entre las estrellas, tu corta vida, nunca será olvidada… te lo prometo.

    A la memoria de Manuel con todo mi cariño.

    Paco Feria

  • Y de repente… ¡me miras!

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    Masai Mara, Kenia, Marzo / 2008

    Fué mi primer león, acababa de llegar a Masai Mara en Kenia para hacer mi primer safari, comenzaba un proyecto acerca de la fauna africana, siempre me fascinó desde que era un niño.
    Mi guía, un kikuyu llamado Ben, me dijo que se había avistado un león macho nada mas entrar en el Mara y hacia allá nos dirigimos. Al llegar había varios coches de turistas en el lugar y, a pesar de encontrarme solo en la Van con el techo abierto y totalmente expuesto a los elementos hostiles del exterior, me reconfortó comprobar como los turistas no ponian mente a esta eventualidad mientras charlaban y filmaban con fruición la escena felina, asi, empecé a fotografiar como un loco el primer león que veía en libertad en Africa.
    Le pedí a Ben que se moviera aparte del grupo de turistas de forma que la fiera me quedara en frente, casi al nivel de mis ojos a unos 30 metros de distancia, seguia fotografiando y, de pronto, el felino me miró, quiero decir que me miró fijamente, al pronto, su cabeza me pareció del tamaño de la de un camión, abrió su bocaza para bostezar y mostró unos dientes largos y afilados como sables, seguía siendo objeto de su atención carnívora, entonces, aparté la mirada del visor de la cámara incapaz de soportar sus gélidos y penetrantes ojos avellana a través del potente teleobjetivo ( 750 mm )… miedo, descubrí que me cagaba de miedo, un miedo, como decirlo… antiguo, primigenio, pensé en nuestros ancestros simiescos, solos frente a el en la sabana abierta, me sentia como uno de ellos, instinto de supevivencia a tope, pero yo, ni siquiera tenía a mano un árbol al que trepar donde ponerme a salvo… ¡estoy listo!, pensé.
    Le dije a Ben que ya tenía suficientes fotos, que nos largaramos ¡ya!, Go!, Go! Ben!, ¡vamonos coño! , le gritaba, pero Ben no acababa de entender, hasta que, descubrió la razón de tanta prisa, era mi “canguela”, ahhh! dijo, don´t wory!, no danger!, no problem!… ¡vale tío!, ok, le dije, pero, ¡si worry!, ¡vamos!, ¡vamonos!, ¡quiero fotografiar jirafas, gacelas , o cabras, me da igual!, estaba agachado casi tumbado en el suelo de la Van detrás de los asientos en el intento de evitar que el león descubriera mi posición, de pronto el kikuyo Ben empezó a golpear con gran estridencia el exterior metálico de la puerta del vehículo tratando de llamar la atención de la fiera para demostrarme que no pasaba nada, lo cuál, aún me cabreaba y excitaba más y más, en ese momento, estuve casi apunto de golpear al maldito Kikuyu por no arrancar el coche y sacarme de allí.
    De repente reparé de nuevo en los turistas y vi su desparpajo fotografiando al felino con sus camaritas compactas, medio cuerpo practicamente fuera del vehículo y, haciendole señas a modo de saludo con la mano mujeres y niños, reflexioné brevemente acerca de mi situación y, poco a poco, fui asomándome otra vez a través del techo abierto, agarré de nuevo la cámara con su monopie y, sin ruídos ni estridencias, continué fotografiándolo, en esos momentos, ya no me miraba y, poco a poco fui ganando confianza, el kikuyu me miraba condescendiente.
    Después durante ese mismo safari y otros que he realizado en meses posteriores casi olvidé ese, mi primer encuentro felino. He estado junto a las fieras a escasos metros, mientras cazaban entre los ñues, rugiendo o devorando sus presas a escasos metros de mi, descubrí que no somos nada para ellos, solo ven el coche y sus ocupantes como un todo, de hecho comprobé que si te bajas y caminas hacia ellos saldrán corriendo como alma que lleva el diablo, pero como decirlo, en esa primera ocasión supe que es sentirse indefenso, vulnerable, frágil, pequeño e insignificante, pero bueno, ya se sabe, siempre hay una primera vez para todo en la vida… ¿no?
    Paco Feria